Volver a Prismas, vol. 24, núm. 1, 2020

   Centro de Historia Intelectual 

 

 Reseñas

 

John Krige (ed.),

How Knowledge Moves. Writing the Transnational History of Science and Technology, Chicago, The University of Chicago Press, 2019, 444 páginas

El hecho de que las ideas viajen es objeto de análisis de la historia intelectual y cultural. No solo, pero fundamentalmente, este objeto ha sido leído en clave de circulación y recepción. Desde la diferencia entre el contexto de surgimiento y el de recepción, su fuera de lugar, pasando por el malentendido, sabemos que las ideas viajan y que al viajar se transforman. Pero, ¿cómo viajan? La historia intelectual ha avanzado en responder esta pregunta identificando a los sujetos y los objetos que transportan las ideas: intelectuales, en sus más diversas formas o definiciones, y materialidades como libros y revistas –aunque no solamente–. Asimismo, se ha avanzado en establecer los vasos comunicantes o redes por donde circulan esos sujetos y objetos que movilizan las ideas. How knowledge moves, el libro editado por John Krige (Georgia Institute of Technology, Atlanta) indaga, en los trece capítulos que componen el volumen, la materialidad, la forma encarnada y social en que un tipo de idea (el conocimiento científico) junto a prácticas y tecnologías se movieron entre los Estados Unidos y países asiáticos, africanos y latinoamericanos durante la Guerra Fría. Este período ha adquirido un especial interés historiográfico y comienza a mostrarnos un mundo más flexible, dinámico e interrelacionado que la imagen de “bloques” fijos que se solía tener sobre esa época. Especialmente, el “internacionalismo de la ciencia” permite ver un momento de alta circulación global del conocimiento en un contexto donde las fronteras y los proyectos nacionales se fortalecieron. Esta nueva imagen se revela, sin dudas, a través de la perspectiva transnacional en la que este libro se inscribe.

La pregunta por cómo viaja el conocimiento se responde aquí a través de las herramientas de la historia de la ciencia y la tecnología. Adquieren especial interés en la obra la agencia de lo no-humano expresado en artefactos, reportes, manuales, semillas clonadas, o la geografía de un lugar, o la materialidad y lo mundano. El viaje en tanto práctica o acción social permite trazar las trayectorias, redes, flujos, y las fricciones que el “internacionalismo científico” conlleva. Este internacionalismo, eje que aúna las historias analizadas en el libro, aparece como objeto de escrutinio y crítica. La historia global o transnacional es el marco principal desde donde parte esta crítica, buscando explícitamente no solo cuestionar el nacionalismo metodológico sino también la excepcionalidad norteamericana. Si bien se parte de un reconocimiento de la hegemonía de los Estados Unidos, se muestran las porosidades de este país y las relaciones de intercambio, tensiones y contestaciones sobre la que esa hegemonía se sostiene.

La pregunta principal del libro reside en cómo teorizar y escribir la movilidad de los sujetos, conocimientos, técnicas y tecnologías que atraviesan fronteras nacionales; cómo circulan conformando diversas redes sociales e institucionales que hacen posible ese internacionalismo, usualmente conceptualizado como transferencia científico-tecnológica. Los autores descartan reproducir el concepto de transferencia por la linealidad que esta supone en el modo de concebir la relación de producción y circulación de ciencia y tecnología, la simplificación de la relación entre un país emisor que produce y otro receptor que adopta, y la acentuación de una relación centro y periferia que responde a teorías de la modernización propias de la Guerra Fría. La idea de transferencia también connotaría la neutralidad política y el valor de verdad atribuido al conocimiento por parte de la comunidad internacional de científicos. Esta valoración de neutralidad y autonomía es justamente cuestionada. También se busca evitar la simplificación de la hegemonía como una relación de subordinación pasiva.

En el libro no se desconocen las asimetrías de las relaciones entre países con un alto grado de desarrollo científico-tecnológico, como los Estados Unidos, con países que deben importar ese conocimiento y tecnología –muchas veces en condiciones impuestas por el “exportador”–. Por el contrario, se parte de la premisa de que las redes sociales e institucionales que sostienen el llamado internacionalismo científico durante la Guerra Fría permitieron el flujo de conocimiento, de expertos y de tecnologías, de un modo desigual y plagado de fricciones. Por lo tanto, el término “circulación” o “flujo” se descarta como concepto ya que implica muchas veces la disposición de conocimientos y tecnologías en movimiento, pero sin agentes humanos, redes, instituciones o materialidades que lo hacen posible. La circulación, de acuerdo a Kriger, implicaría cierta “vuelta” o retorno, algo que en la mayoría de los casos no sucede porque los vectores suelen ser unidireccionales o mueven las cosas en zig-zag. Se prefiere entonces utilizar la idea de “movimiento de conocimiento” encarnado en personas y cosas. Un movimiento como efecto de la agencia y el trabajo humano para cruzar bordes y crear lazos e instituciones, pero también de materialidades que facilitan, así como obstruyen ese mismo movimiento.

En los capítulos 1 y 2, por ejemplo, se analizan materialidades que actúan en forma de dispositivos de control del flujo de personas, como pasaportes, visas, leyes y permisos de exportación que regulaban el movimiento de know-how y tecnologías. Estos dispositivos de control fueron utilizados férreamente por los Estados Unidos en este período, en el cual no solo buscaba expandir su poder científico y tecnológico sino su fuerte circulación de extranjeros en sus universidades y centros científicos. Esto último implicaba un control ideológico sobre los sujetos que iban a formarse a ese país, especialmente si se sospechaba que estaban asociados al comunismo, y sobre lo que estos individuos pudiesen llevarse “a casa” en términos de conocimiento. Entraba en conflicto la voluntad expansiva que obligaba a atravesar fronteras y movilizar y controlar personas, objetos e ideas, ante el peligro de que la circulación vulnerase la seguridad nacional; una tensión entre el campo científico, académico y militar.

Otra forma en que la materialidad se revela en el libro, como en los capítulos sobre el Landsat en el sudeste asiático (1975), de Neil Maher, o el proyecto italiano San Marcos en Kenya (en la década de 1960), analizado por Asif Siddiqui, está referida a la complejidad de la red transnacional de satélites, sostenidos con infraestructuras en tierra que precisaron acuerdos entre naciones en un contexto político atravesado por procesos de descolonización o guerras. En su capítulo, Siddiqui pone de relieve la importancia de lo local; en este caso, el sitio de emplazamiento de la infraestructura terrestre para el lanzamiento de satélites. La idea de “sitio” le sirve
aquí como concepto espacial que permite dar un lugar –dislocado, por cierto– a las múltiples escalas (local, nacional o global) involucradas en proyectos de este tipo.

Siddiqui también crítica, desde una perspectiva poscolonial, las ideas difusionistas del conocimiento, así como la de coproducción y el encuentro que puede sugerir el concepto de circulación. A lo largo del libro se estudian las asimetrías y las relaciones de poder a través del rol de lo local en la construcción de las redes transnacionales y la tensión entre el internacionalismo científico con la soberanía nacional. Se hace énfasis en cómo lo local moviliza recursos, tiempo y dinero en la creación y mantenimiento de dicha internacionalización, y en la forma en que la política habilita o constriñe los flujos de saberes y expertos. Un ejemplo de esto último es el modo en que los proyectos nacionalistas de desarrollo en Latinoamérica se sostienen con programas educativos y científicos norteamericanos, y al mismo tiempo los miran con recelo o se interrumpen ante desacuerdos políticos entre las naciones (por ejemplo, capítulos 8, 10, 11, 12).

La relación entre científicos y técnicos representa también sitios privilegiados de observación. Los autores indagan las asimetrías de las redes de científicos, pero también observan las potencialidades para generar lazos comunitarios horizontales. La primera situación refiere a la disparidad en el conocimiento científico o experticia técnica entre los propietarios de la tecnología, los norteamericanos, y aquellos que hacen de “soportes” locales de los proyectos. Las instancias de capacitación técnica aparecen aquí como lugar de transferencia, aunque siempre limitada, de conocimiento. Sin embargo, esto no garantiza la misma accesibilidad al conocimiento, ya que la información y sus procesamientos solían quedar en manos de los Estados Unidos. La desigualdad en estas relaciones también se observa cuando se desdeñan los saberes locales. Este es el caso, por ejemplo, analizado por Miriam Kingsberg Kadia sobre los cientistas sociales norteamericanos en el Japón (1945-1952) donde el desdén por el conocimiento local se daba no sin cuotas de racismo o prejuicios sobre la cultura japonesa. No obstante, como se demuestra en varios capítulos, la producción internacional de conocimiento siempre requiere de los saberes locales y estos, además, a veces también ganan en el intercambio (aunque desigual) con los Estados Unidos.

Otros capítulos observan las redes de científicos y ponen de relieve la generación de lazos comunitarios. Observar estas relaciones sirve para alumbrar el rol de agente de circulación de conocimiento que tienen los científicos y técnicos, la voluntad y el capital social para tejer redes entre sociedades y culturas diferentes. Tal es el caso del científico mexicano Manuel Sandoval Vallarta, quien trabajó en el mit y promovió redes interamericanas de ciencia (capítulo 8). En este aspecto, también se observa la habilidad para moverse entre espacios sociales, académicos y gubernamentales, entre lo formal y lo informal, como muestra Michael Baranay al abordar la vida del matemático Harry Milton Miller, miembro ejecutivo de la Fundación Rockefeller. Estas diferentes relaciones permiten a Miller la movilización del conocimiento o la superación de obstáculos burocráticos.

Hacer foco en las relaciones y los contactos entre sujetos muestra no solo el flujo de científicos y técnicos sino también las fricciones que producía cruzar las fronteras en momentos en que la ideología y la nacionalidad eran fuentes de sospecha o persecución. Los lazos que se tejieron entre científicos ayudaron a sobrellevar persecuciones y exilios, no solo frente a las dictaduras latinoamericanas donde, a pesar del apoyo gubernamental de los Estados Unidos, los científicos latinoamericanos pudieron exilarse en ese país gracias a los intercambios y relaciones construidas con sus pares norteamericanos, sino también frente al anticomunismo norteamericano (es el caso, abordado en el capítulo 10, del físico norteamericano David Bohm, quien se exilió en el Brasil a fines de la década de 1940).

La lealtad y la soberanía nacional tensionan también la movilidad y la hibridez cultural del internacionalismo científico. En el caso de los Estados Unidos, obliga a los sujetos a regresar a sus países de origen una vez finalizados los estudios (con la esperanza, además, de que estos se conviertan en agentes promotores de la ciencia y la cultura norteamericana), o a permanecer en el país a cambio de renunciar a la nacionalidad original. Esto último puede observarse en el enojo que le generó al mit la permanencia de Sandoval Vallarta en México en 1942: los directivos de la universidad –y no el gobierno– cuestionaron la lealtad del mexicano por no querer regresar a cumplir tareas de docencia que eran necesarias dado que la mayoría de los físicos norteamericanos estaban abocados a tareas militares.

La mirada transnacional, el período de Guerra Fría, el interés por la cultura material y las redes sociales que sostienen el viaje de ideas pueden verse en el libro como zonas de contacto o afinidad entre la historia de la ciencia y la tecnología, y la historia intelectual. Sin embargo, son escasas las referencias explícitas a la historia intelectual, con la excepción del primer capítulo escrito por el propio Krige, donde propone realizar una historia intelectual y burocrática sobre el rol de las visas y los permisos de exportación norteamericanos. El campo de la ciencia y tecnología define en gran medida el tipo de objeto de estudio como el tipo de sujetos analizados: físicos, matemáticos, ingenieros (agrícolas o nucleares), entre otros. También se analiza a cientistas sociales o programas educativos que sí han sido abordados por la historia intelectual. La perspectiva transnacional como el contexto político de la Guerra Fría, y el modo en que la política también modela los intercambios científicos, podrían permitir mayores diálogos entre ambos campos de estudio. Un último ejemplo de este posible diálogo se refiere a la importancia que adquieren las biografías en el libro, en particular las de aquellos que actúan como promotores o agentes de las instituciones, asociaciones y programas internacionales educativos y científicos, y el reconocimiento a la sociabilidad de actores individuales en la construcción de esas redes internacionales por las cuales se mueve el conocimiento científico.

Dhan Zunino Singh

Universidad Nacional de Quilmes / conicet