Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes

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Dossier: Guerra fría cultural en América Latina.

 

Conexión sensible: política, género
y afectos en la disputa por la memoria
de Allende a escala global

Isabella Cosse

 

CONICET / Universidad de Buenos Aires / Universidad de San Martín

 

“Quino, confiesa, hijo de puta.” Solo esa frase contenía la tarjeta que escribió Jorge Timossi, en 1973, desde Chile. No fue necesario nada más. El creador de Mafalda entendió al instante. Su viejo amigo se había dado cuenta: el personaje de Felipe estaba inspirado en él.[1] Este argentino –escasamente conocido– estuvo en el centro de las estrategias de información y de la política cultural cubanas. A través de su figura, analizaré la cobertura de prensa de una coyuntura clave de la guerra fría: la caída del gobierno de Allende.

La guerra fría define un conflicto a escala planetaria en el que las grandes potencias evitaron que los combates se produjeran en sus propios territorios, desplazándolos hacia las zonas del llamado Tercer Mundo, convulsionadas por las luchas anticoloniales y antiimperialistas. En esas zonas es una ironía caracterizar el conflicto por su frialdad. Se trató en cambio de guerras devastadoras y de dictaduras crueles. Por eso, estudiar la guerra fría desde estas regiones abre nuevos enfoques capaces de problematizar las categorías y explorar nuevas dimensiones del proceso. Con esa idea este ensayo asume dos puntos de partida. Primero, atender a aquellos conflictos, en grado sumo vertiginosos, que conectaron esas coyunturas “calientes” con la dinámica “fría” de las grandes potencias. Esto permite observar las jugadas entramadas de esos actores –gobiernos, partidos, movimientos internacionales– con intereses propios en una lucha desigual que se dirimió en diferentes planos simultáneos.[2] Segundo, explorar las construcciones de género y de la sensibilidad que combinaron lo político, lo ideológico y lo afectivo.[3] Enfatizo en el entrelazamiento de estas dimensiones con lo cual me diferencio de aquellos enfoques (en alza en el giro emocional o afectivo) que escinden lo político y lo emocional por ejemplo e, incluso, que pivotean en esa diferencia en sus interpretaciones. Argumentaré, por el contrario, que las conexiones políticas y afectivas (amistades, amores, parentescos) son claves para entender ciertos acontecimientos, en los que la intimidad interviene decisivamente. Este plano está unido a las construcciones de género cuyo estudio permite abrir nuevas capas de sentido sobre lo político y que operaron en sí mismas. En este caso, este ángulo posibilita comprender las disputas en torno a la figura de Allende cuando su muerte y la derrota del proyecto de la Unidad Popular abrieron la batalla por la memoria y el legado del líder y de la experiencia chilena.

Prensa Latina en el Chile de la Unidad Popular

Jorge Timossi, ese personaje tímido y fantasioso si le creemos a Quino, estuvo en el origen de Prensa Latina, la agencia cubana de noticias fundada en 1959. Llegó casi de casualidad. Rodolfo Walsh –quien era ya un reconocido periodista y escritor y parte de su grupo de amigos– le había dado una carta de recomendación, un año atrás, cuando él había decidido partir de Buenos Aires, hastiado de su empleo, a recorrer América Latina. La carta funcionó y, estando en Río de Janeiro, subió al barco mítico en el que viajaban Jorge Massetti y Gabriel García Márquez, para colaborar junto a otros rutilantes intelectuales latinoamericanos en la creación de la agencia.[4]

En 1970, Timossi llegó a Chile para hacerse cargo de la oficina de Prensa Latina en Santiago. Era ya un periodista experimentado –había cubierto la intervención militar norteamericana en Santo Domingo y la guerra de Argelia– pero la nueva misión representaba un reconocimiento.[5] El triunfo de Salvador Allende había convertido a Chile en un escenario crucial. En un contexto en el que ambas potencias intentaban la distensión, el triunfo de la Unión Popular desafiaba el orden de la guerra fría y la influencia norteamericana en la región. Por esa razón, la Unión Soviética fue cautelosa con el compromiso con Chile y los Estados Unidos otorgaron nueva centralidad a la región con intervenciones que supusieron una fluida relación entre actores locales y gobiernos, no siempre exenta de conflictos. Para Cuba, la Unión Popular significaba el fin del aislamiento en el continente y le permitía, incluso, ganar cierta autonomía en las alianzas internacionales respecto del bloque soviético. El proceso involucraba, en sí mismo, la gran discusión política e intelectual de la izquierda dentro y fuera de América Latina: las vías para llegar a la revolución.[6]

Allende restauró las relaciones diplomáticas con Cuba (con la que habían roto todos los gobiernos latinoamericanos salvo el de México) poco después de asumir la presidencia. En 1971, la visita de Fidel Castro mostró la evidente centralidad política del proceso chileno. Fue un viaje de seducción e involucramiento. Castro recorrió minas, conversó con estudiantes y tomó pisco en una estadía que se alargó de diez a veinte días. Fue acompañado por diplomáticos y asesores que se quedarían a apoyar al gobierno de la Unidad Popular. En ese contexto, Prensa Latina fue un engranaje clave para intervenir sobre la opinión pública a escala internacional, un campo de batalla central, como bien sabían los cubanos. Timossi asumió su dirección. Se dice que fue elegido por pedido de Allende, pero, sin duda, la decisión estuvo avalada por el propio Castro. El Felipe de carne y hueso lo admiraba. Lo consideraba un líder sin igual.[7]

Las relaciones entre Cuba y Chile fueron estrechas y complejas. Salvador Allende y Fidel Castro, siguiendo a Tanya Harmer, compartían una visión similar de América Latina. Ambos entendían que el capitalismo dependiente era un sistema difícil de modificar en el continente dada la proximidad de los Estados Unidos. La sintonía se fue fortaleciendo con medidas comunes en diferentes foros. Pero, al mismo tiempo, ambos líderes eran conscientes de que su relación dependía de respetar las diferencias en torno a los métodos para alcanzar la revolución.[8] Este respeto fue público y Castro lo reiteró en su visita. No obstante, la presencia de Cuba en Chile se volvió un elemento de los ataques de la derecha chilena y parte de los hostigamientos en la opinión pública internacional.[9] Más aun cuando las relaciones bilaterales se profundizaron con acuerdos comerciales, tecnológicos y con intercambios políticos y culturales que se enmarcaban en el internacionalismo. Prensa Latina permitía nutrir ese internacionalismo dando a conocer las realidades de ambos países y creando empatía.

Timossi estaba conectado con los centros neurálgicos del gobierno de Allende. Tenía cierta intimidad. Era parte del grupo estrecho del presidente, aquel que participó el 8 de septiembre de 1973 del cumpleaños de la hija de Allende, Beatriz, militante comprometida, colaboradora de su padre y casada con el cubano Luis Fernández Ulloa, hombre a su vez de confianza de Castro. Fue aquella la última oportunidad que Timossi tuvo de conversar con Allende. Jugaron al ajedrez, que les gustaba a ambos. Cuando estaban poniendo las piezas, el presidente le dijo: “La cosa está muy fea. Tomaré una determinación en un par de días. Ya ve: hice buenos enroques y alguna buena variante. Pero se me están acabando los peones”. El mensaje era claro. Allende estaba preparando un conjunto de medidas que anunciaría el 11 de septiembre. La más importante era la convocatoria a una asamblea constituyente, una jugada que complicaría una intentona militar. No llegó a hacerla. En la madrugada recibió una llamada en su residencia. Se había desatado el golpe.[10]

La Moneda en llamas

Los periodistas de Prensa Latina cubrieron el ataque al Palacio de La Moneda. La oficina estaba en un lugar estratégico: a dos cuadras del palacio presidencial, en un piso alto, que permitía observar los alrededores. Sabían que su misión política era informar. La comunicación con Cuba quedó cortada desde temprano, pero las líneas telefónicas en el interior del país se mantuvieron. Incluso las que comunicaban con casa de gobierno. Durante varias horas los periodistas pudieron retransmitir comunicaciones por télex a la oficina de París, desde donde se replicaba a Cuba. Escribieron con las máquinas debajo de los escritorios para protegerse de posibles impactos de las bombas que parecían estallar en la misma oficina. Dejaron de transmitir cuando las Fuerzas Armadas clausuraron todas las conexiones de Chile con el exterior y posteriormente cerraron todos los medios de comunicación salvo el canal 13 de televisión. Hoy sabemos que miles de militantes políticos estaban siendo apresados y cientos de ellos asesinados a lo largo de todo el país.

Dado que las comunicaciones con el exterior estaban cortadas, Timossi recién logró enviar su crónica completa tres días después del golpe –según cuenta–, cuando llegó a Cuba. Había logrado salir de Chile junto con los otros cubanos, algo más de cien, por la mediación del embajador sueco Harald Edelstam, en un avión soviético cedido al gobierno de la isla, sin el cual hubiera sido difícil que salieran.[11] Había padecido tres allanamientos junto a los otros cinco periodistas de Prensa Latina (dirigidos contra la revista Punto Final, instalada en el mismo edificio, cuya oficina fue destrozada a culatazos). Habían logrado salvarse amparándose en su condición de agencia de noticias y porque la oficina no tenía ningún material que mostrara sus posiciones políticas. Cuando se sentó a escribir, una vez a salvo en Cuba, Timossi estaba exhausto, sin dormir. Las cuartillas fueron retransmitidas, según su relato, a medida que iban saliendo de su máquina. Supuestamente, en pocos días, se había publicado en la primera plana de cincuenta diarios.[12]

En “Las últimas horas de La Moneda” –como Timossi tituló su crónica– se pulsa la tragedia. Es un texto escrito al hilo, sin pausa, en primera persona, que denuncia la feroz violencia desatada contra la sede de gobierno chileno. Está basado en los testimonios de quienes estaban allí cuando cayeron las bombas, muchos de los cuales el periodista ya sabía, cuando escribía, muertos. Justamente el relato ancla su entidad –incluso en términos del registro de escritura– en la íntima conexión entre los vínculos personales y el compromiso político. Esa conexión le permitió, a su vez, descorrer la cortina de los bombardeos para hacer una crónica íntima, sensible, desde adentro de La Moneda. Es el testimonio, también, de un sobreviviente que sabe la importancia del acontecimiento que definió la correlación de fuerzas en la región, con el que se iniciaba la sangrienta y larga dictadura chilena. Comenzaba diciendo:

 

El presidente Salvador Allende cayó defendiendo el Palacio de Gobierno, sus convicciones esenciales, después de exigir garantías para la clase obrera chilena ante el poder avasallador del golpe fascista.

“No saldré de La Moneda, no renunciaré a mi cargo y defenderé con mi vida la autoridad que el pueblo me entregó”, remarcó desde la primera alocución que hizo en la mañana del martes 11 por la efímera cadena radial La Voz de la Patria.[13]

 

La envergadura política de esa decisión –elegir luchar y morir– delataba, claro, el valor de Allende. Esta asume todo su sentido en la crónica con la descripción de La Moneda asediada por carabineros, tanquetas y vuelos rasantes de aviones, que los corresponsales habían sentido sobre ellos mismos en su oficina.

Timossi escribió con pormenores. Contó que Allende había llegado al palacio, a las 7.30 am, con una escolta personal, 50 efectivos de Carabineros, sus asesores directos y sus médicos personales y que, después, Radio Corporación había emitido un primer mensaje de alerta del presidente. Su descripción tiene la fuerza de quien fue elegido para dar testimonio: “a las 9.15 me comuniqué con el despacho presidencial. Un asesor de Allende me reiteró ‘Puedes decir que aquí morimos y vamos a resistir hasta el final’”. La crónica da lugar a las propias percepciones de los periodistas (“ascendió un inmediato olor a pólvora, aceite y carne quemada”). Son esos detalles con los que toca las fibras sensibles. Con ellos, Timossi logra retratar la tensión. Relató, por ejemplo, el llamado desde La Moneda en el que Jaime Barrios, asesor económico de Allende, le habría explicado: “Vamos hasta el final. Allende está disparando con una ametralladora. Esto es infernal, nos ahoga el humo”. Contó que los parlamentarios, enviados para buscar garantías para la clase trabajadora, habían recibido disparos al regresar. Transmite la tensión que siguió: el pedido de Allende para que las mujeres y el personal subalterno salieran del edificio y la despedida con su hija, Beatriz, embarazada, que no quería irse. Este detalle es clave. Otorga la fibra íntima, sensible, humana de una escena trágica. Es la figura del presidente, pero, también, del pater familias y del líder capaz de proteger a sus subordinados.[14]

La crónica eludió explicitar cómo murió Allende. Informó que los comunicados oficiales debieron dar la noticia de la muerte al día siguiente –lo que parecería unido al efecto que esta tendría– diciendo que se había suicidado y que sería velado en Valparaíso en una ceremonia privada. Timossi no se pronunciaba al respecto. Quizá no sabía qué había sucedido, quizá no se atrevió a avanzar sobre un detalle clave cuyo sentido político entendía bien. Pero logró imponer otra imagen: “Salvador Allende, un vital hombre de 65 años, que combatió con un fusil ametralladora y un casco de acero, estaba en un charco de sangre, caído sobre el tapiz de su despacho”. Con ello apuntaló la figura del combatiente armado. Reponía, de ese modo, las marcas de una virilidad guerrera sostenida en la capacidad de entregar la vida y hacerlo con las armas en la mano, que entroncaba en la tradición heroica de la nueva izquierda pero que adquiría significación propia porque involucraba al presidente de saco y corbata que había tomado las armas para defender las instituciones democráticas.[15]

El periodista sabía el sentido político de su relato. No mencionó –seguramente no lo había escuchado– el mensaje de Allende esperanzador, con la imagen de las alamedas abiertas nuevamente, que marcaría a fuego la memoria de ese día para la izquierda latinoamericana. Sin embargo, la crónica deja abierta la esperanza: la resistencia había continuado en las barriadas obreras, aquellas zonas en las que los partidarios de defender al gobierno con las armas habían pensado que estas podían ser entregadas. “No creo que Allende haya muerto en vano”, decía la última línea.

Allende combatiente y memoria de resistencia

Un mes después, Timossi había ampliado su crónica y la entregaba para que fuese publicada como libro. Urgía intervenir en la batalla por la memoria. La dictadura, en los términos de José del Pozo, quiso imponerle una segunda muerte a Allende. Buscaron sembrar una leyenda negra para erradicar el “halo de heroica grandeza” –como decía una de esas versiones– que había comenzado a adquirir Allende. Lo acusaron de fraude, de preparar el asesinato de jefes militares en un plan con cubanos y otros extranjeros, pero, también, dijeron que en su residencia se combinaba el adiestramiento guerrillero, la pornografía y el alcohol.[16]

El libro de Timossi intervino sobre la disputa por la memoria, el nuevo campo de batalla. Con dos ediciones sucesivas fechadas en 1974, reeditado en varias oportunidades y traducido a distintos idiomas, ofrece una reconstrucción cronológica, minuto a minuto, del golpe de Estado, centrándose en la figura de Allende. El periodista amplió su información, conversó con nuevos testigos, entre los que menciona especialmente a Beatriz Allende, pero, también, con muchos integrantes de la escolta presidencial y otros protagonistas cuya identidad mantiene en secreto. Esta reconstrucción fue quizá por mucho tiempo el relato más detallado basado en testimonios de los protagonistas de esas horas desesperadas, y sigue siendo hoy fuente para su estudio.[17] Desde su título, Grandes alamedas: el combate del presidente Allende, forjaba el legado del líder chileno a su pueblo y al mismo tiempo la interpretación del proceso. Según el propio autor, su libro era el primer testimonio “de la resistencia armada en Chile contra el fascismo” y de que La Moneda había sido “la trinchera de combate” de Allende, donde el presidente había caído “con las armas en la mano”.[18]

No es posible analizar aquí este libro en toda su significación. Pero quisiera notar tres deslizamientos. El primero involucra la voz política. La voz propia de Timossi queda desdibujada. Al comenzar su relato del 11 de septiembre cede la palabra a Fidel Castro y a Beatriz Allende en el acto de homenaje a Chile realizado en Cuba quince días después. Presenta la plaza llena y transcribe el fragmento del discurso en el que el líder cubano relata cada momento. La reconstrucción de “Fidel” (como lo llamaba Timossi “el más dilecto amigo del presidente Allende”) fue, por supuesto, una intervención política. Seguramente, Castro había evaluado con detenimiento diferentes testimonios –remarcó especialmente el de Beatriz Allende–, y los informes de la propia inteligencia cubana. Su discurso apuntó a las cualidades humanas y morales pero el énfasis quedó colocado, con sus propias palabras, en “el carácter de combatiente y de soldado de la revolución del presidente Allende”. Es decir, perfiló la memoria combatiente del líder que había decidido hacer la revolución socialista por la vía democrática. Castro negó el suicidio (aunque deslizó que esa posibilidad no habría empequeñecido a Allende); relató, en una secuencia casi cinematográfica, que el presidente fue muerto “acribillado a balazos” por las ráfagas enemigas. Con esa visión, parecía cerrarse la discusión sobre las vías armadas de la revolución y se fundaba una memoria de la resistencia que legitimaba la lucha con las armas.[19]

Observemos los otros dos desplazamientos. Por un lado, Timossi cambió el registro. El libro siguió hilvanando la denuncia política de la violencia trágica de ese día con el relato íntimo y vívido de quienes lo habían protagonizado. Pero el relato se volvió coral. La voz de Beatriz sobresale en ese coro, con su discurso que precedió al del líder cubano en la Plaza y con los detalles que ofreció al autor en sus entrevistas. No obstante, se incluyen relatos de otros protagonistas y sobrevivientes de la Moneda cuyos testimonios, también, reafirman el entrelazamiento entre el relato íntimo y la denuncia política. Por otro lado, la denuncia se fortaleció con diagramas, cartas y fotografías. En especial, esas fotos, hoy icónicas, muestran la envergadura, la previsión, la ferocidad del ataque a La Moneda.

El libro cierra con la última alocución de Allende transmitida en Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973. Esta no estaba, como he dicho, en la crónica inicial. Timossi aclara que fue tomada de una grabación con ruidos de combate que hicieron difícil la transcripción completa. Ese discurso ha sido una pieza clave de la memoria del golpe de Estado y de la resistencia chilena. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor” dice en su tramo final.[20] Con estas palabras escritas para el porvenir, Timossi anuda el cierre y el propio título de su libro, sin duda, sabiendo que las Grandes Alamedas dotaban de esperanza al futuro para la memoria de la izquierda dentro y fuera de América Latina.

Conclusión

Fue la conexión personal y política lo que llevó a Timossi a Prensa Latina, y fue decisiva, a la vez, para su propia batalla del 11 de septiembre de 1973. Ese día, la producción misma de la información, en su doble condición de noticia e intervención política, fue posible y se legitimó en ese entrelazamiento. Pero, además, la crónica hilvanó el registro íntimo y personal, y este se engarzó con la lectura política. Con frecuencia esta conexión es entendida en términos instrumentales. Como he planteado, esta visión impide entender la densidad de ese entrelazamiento que operaba en diferentes niveles y cuya fuerza radicaba, incluso para los propios actores, en la imposibilidad de escindirlos.

En igual sentido, la cobertura de Timossi no puede comprenderse en su cabal importancia sin considerar las construcciones de género que forjaron la imagen combatiente de Allende. Los detalles fueron claves para construirla, al igual que el registro de escritura con el que quien lee puede imaginárselo dando órdenes, usando la metralleta, cuidando de las mujeres y de los subordinados. Pero también para esa imagen son importantes otros detalles: la elusiva mención al suicidio en la primera crónica y la sobresaturada reconstrucción que la negó de la mano de Fidel Castro en el libro. Con esas filigranas, traza la figura del pater familias y del compañero y, sobre todo, hace del presidente de saco y corbata un héroe viril capaz de morir con las armas en la mano. Esta visión cerraba, por sí misma, la disputa por las vías de la revolución. Imponía organizar la resistencia armada.

Timossi volvió sobre su crónica en más de una ocasión. Quizá sabiendo que ninguno de los acontecimientos que cubrió después –los que en sus palabras hicieron de Felipe “otra cosa”– igualaba al “combate” de Allende. O, quizá, porque ninguno lo marcó tan a fuego como esa lucha descomunal entre cincuenta hombres y un ejército. Con la certeza, sin duda, de que ese día sería revisitado una y otra vez por los protagonistas y por sus hijos, pero, también, por quienes tenemos la pretensión de usar las armas de la comprensión. Quien escribe estas páginas nunca había leído la crónica de Timossi, pero recuerda, siendo niña, el retrato de Allende sobre un aparador con flores colocadas por quienes, habiendo salido ese día de La Moneda, volvían emocionados sobre los detalles de esa jornada, empeñados en sostener su propia memoria. o

Bibliografía

Campo del, Alicia, Michael J. Lazzara, Heidi Tinsman, y Ángela Vergara, “The Other 9/11, 1973 – Memory, Resistance, and Democratization”, Radical History Review, nº 124, enero de 2016.

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Casals Araya, Marcelo, La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la “campaña del terror” de 1964, Santiago de Chile, 2016.

Cosse, Isabella, Mafalda: historia social y política, Buenos Aires, FCE, 2014.

——, “Masculinidades, clase social y violencia política (Argentina, 1970)”, Revista de Sociología Mexicana, Universidad Nacional de México, vol. 81, nº 4, en prensa.

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Harmer, Tanya, El gobierno de Allende y la Guerra Fría Interamericana, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2013.

Hoz, Pedro de la, “Los sueños de Timossi”, La Jiribilla, 2002, nº 522 <http://www.epoca2.lajiribilla.cu/2011/n522_05/522_31.html>.

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Tinsman, Heidi y Shukla Sandhya, Imagining Our Americas: Toward a Transnational Frame, Durham, Duke University Press, 2007.

Vicent, Mauricio, “Jorge Timossi: periodista que inspiró el Felipe de ‘Mafalda’”, El País, 14 de mayo de 2011, Archivo del diario Clarín, s/p.

 

[1] Mauricio Vicent, “Jorge Timossi: periodista que inspiró el Felipe de ‘Mafalda’”, El País, 14 de mayo de 2011, sin página (sp) en Archivo del diario Clarín.

 

[2] La formulación me pertenece pero sigo especialmente a Tanya Harmer, El gobierno de Allende y la Guerra Fría Interamericana, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2013, y Heidi Tinsman y Sandhya Shukla, Imagining Our Americas: Toward a Transnational Frame, Durham, Duke Univiversity Press, 2007.

 

[3] Este enfoque en Michelle Chase, Isabella Cosse, Melina Pappademos y Heidi Tinsman, número especial, “Revolutionary Positions: Sexuality and Gender in Cuba and Beyond”, Radical History Review, nº 36, en prensa.

 

[4] Véase Isabella Cosse, Mafalda: historia social y política, Buenos Aires, FCE, 2014.

 

[5] Vicent, “Jorge Timossi”.

 

[6] Harmer, El gobierno de Allende, caps. 1 y 2.

 

[7] Pedro de la Hoz, “Los sueños de Timossi”, La Jiribilla, 2002, nº 522 <http://www.epoca2.lajiribilla.cu/2011/n522_05/522_31.html>.

 

[8] Harmer, El gobierno de Allende, pp. 39-105.

 

[9] Marcelo Casals Araya, La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la “campaña del terror” de 1964, Santiago de Chile, 2016.

 

[10] Jorge Timossi, Grandes alamedas. El combate del presidente Allende, La Habana, Editorial de Ciencias Políticas,1974, p. 16.

 

[11] Sigo aquí la reconstrucción de Harmer, El gobierno de Allende, pp. 310-311.

 

[12] Jorge Timossi, “La moneda, nuestro brutal 11 de septiembre”, en Rebelión, 11 de septiembre del 2003 <http:// www.rebelion.org/hemeroteca/chile/030911timossi.htm>. El texto reproduce la primera crónica que usaré aquí pero no he podido corroborar por otras fuentes.

 

[13] Jorge Timossi, “La moneda”.

 

[14] Ibid., pp. 66 y 106.

 

[15] Isabella Cosse, “Masculinidades, clase social y violencia política (Argentina, 1970)”, Revista de Sociología Mexicana, Universidad Nacional de México, vol. 81, nº 4, en prensa.

 

[16] José del Pozo Artigas, Allende: cómo su historia ha sido relatada: Un ensayo de historiografía ampliada, Santiago de Chile, LOM, 2017, cap. 1.

 

[17] Existe una copiosa bibliografía en torno a la memoria del golpe. Es imposible aquí dar cuenta de ella. Véase Azun Candina Palomer, “El día interminable. Memoria e instalación del 11de septiembre de 1973 en Chile (1974-1999)”, en Elizabeth Jelin, Las conmemoraciones: las disputas en las fechas “in-felices”, Madrid, Siglo XXI, 2002, pp. 11-48; Alicia del Campo, Michael J. Lazzara, Heidi Tinsman y Ángela Vergara, “The Other 9/11, 1973 – Memory, Resistance, and Democratization”, Radical History Review, n° 124, enero de 2016. El propio libro de Harmer toma detalles de la crónica de Timossi.

 

[18] Timossi, Grandes alamedas, p. 13.

 

[19] Ibid., pp. 13 y ss., y sobre la muerte, p. 43.

 

[20] Ibid., p. 229-232.