Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes

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Dossier: Guerra fría cultural en América Latina.

 

Semánticas de la guerra fría cultural

Las izquierdas democráticas latinoamericanas
frente a la “cruzada por la libertad”

 

Karina Jannello

 Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas

 

Aunque forjada en la década de 1920, la noción de totalitarismo se resignifica en la segunda posguerra en Occidente como una de las ideas-fuerza más potentes del siglo XX. En la retórica política de las democracias liberales, el término “totalitario” deviene “palabra clave del vocabulario político”, reforzándose semánticamente para funcionar como sinónimo de comunista, de modo que la lucha contra el totalitarismo devendrá finalmente en lucha contra el comunismo.[1]

Pero si la guerra fría fue en Europa y en los Estados Unidos una cruzada anticomunista, en América Latina esa premisa no se va a traducir de modo inmediato. Las élites políticas e intelectuales de tradición liberal, sin perder de vista la potencial “amenaza roja”, reconocen enemigos más reales, sobre todo las dictaduras caudillistas.[2] Si los viejos regímenes corporativos europeos (Portugal, España) quedaban ahora marginados, y el mundo occidental daba por concluida la lucha antifascista para reorientar sus fuerzas materiales y simbólicas en una cruzada por la “Libertad” contra el “totalitarismo soviético”, en Latinoamérica todavía protagonizaban la escena gobiernos nacionalistas de amplio respaldo popular –como el de Perón en la Argentina o el de Vargas en el Brasil, denunciados por las élites liberales como totalitarios, muchas veces incluso en frentes comunes con los comunistas– y las dictaduras militares instaladas con la aquiescencia de la diplomacia estadounidense.

Con la exposición de la Doctrina Truman y el anuncio del Plan Marshall, de un lado, y el Informe Zhdánov y la creación del Kominform, de otro, el mundo se precipitaba en la guerra fría. Las alianzas tejidas en los años del antifascismo se resquebrajaban. Empujadas a la búsqueda de un nuevo socio para combatir los “totalitarismos” locales, las élites liberales y socialistas latinoamericanas pusieron sus expectativas en que los Estados Unidos fuera el último garante en su resistencia contra los “fascismos” criollos. Aun cuando el “peligro comunista” no constituyera su principal preocupación, el precio a pagar para alentar esas ilusiones fue su adhesión a una serie de organizaciones anticomunistas nacidas en la inmediata posguerra.

Desde comienzos de los cincuenta, el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) dispuso ingentes recursos para la lucha contra el comunismo. Interpeló a las élites intelectuales liberales, pero sobre todo a amplios sectores de la izquierda no comunista que rechazaban tanto el liderazgo de Moscú como el de Washington, y eran asimismo hostiles a los nacionalismos. Menos estudiada, la Asociación Interamericana Pro Democracia y Libertad (AIDL), una experiencia previa y en cierta medida simultánea, convoca desde fines del ‘48 a los mismos progresismos con un programa de resistencia al “militarismo latinoamericano” y a “todas las formas de totalitarismo e imperialismo”.[3]

Nacida en mayo de 1950, un mes antes de la inauguración del CLC en Berlín, la AIDL comprometió a intelectuales demócratas de los Estados Unidos, como Frances R. Grant de la Liga Internacional por los Derechos del Hombre, escritores como Norman Thomas y Waldo Frank, periodistas como Herbert Matthews (New York Times) o S. B. Levitas (New Leader), con políticos e intelectuales del progresismo latinoamericano como el socialista uruguayo Emilio Frugoni, el líder aprista Haya de la Torre, los mexicanos Jesús Silva Herzog y Alfonso Reyes, los venezolanos Rómulo Betancourt y Rómulo Gallegos, los cubanos Jorge Mañach y Leví Marrero, el costarricense José Figueres o el colombiano Eduardo Santos. Postuló una América unida en una suerte de “tercera vía”, con críticas expresas al comunismo soviético, pero también al imperialismo estadounidense y al sostén que este brindaba a los gobiernos militares en Latinoamérica.[4]

Los referentes latinoamericanos reunidos en la AIDL contaban con amplias credenciales de compromiso antiimperialista. Los mayores –Luis Alberto Sánchez, Manuel Seoane, Alfredo Palacios o Dardo Regules– fueron parte en los veinte de la generación de la Reforma Universitaria o la Unión Latino-Americana; los de la generación siguiente –los chilenos Salvador Allende y Eduardo Frei Montalva, o el cubano Raúl Roa– eran herederos de ese legado.

A pesar del éxito de la AIDL en su intento de continuar las consignas de la administración Roosevelt,[5] particularmente en su lobby en Washington en busca de “a change in its prodictatorial policy in Latin America”,[6] un importante número de sus intelectuales pasaron pronto a adherir al CLC, que sostenía con énfasis diversos una política de contención del comunismo mediante el refuerzo de las democracias liberales en el campo de la cultura.

Pero si la política rooseveltiana era viable para Europa, el núcleo duro del CLC albergaba dudas sobre su eficacia en América Latina. George Kennan, fundador y promotor de la política de contención de Truman, argumentaba que el mayor problema del comunismo en la región no era su aspiración al poder, sino su capacidad de convertir a los pueblos en un foco de hostilidad antiimperialista. Para el teórico esto significaba que si idealmente la estrategia de los Estados Unidos consistía desde Roosevelt en incentivar y asistir a gobiernos y grupos favorables a sus políticas para contener la influencia del comunismo, en los casos donde estos se mostraran permeables a los cantos de sirena revolucionarios, “quizás la única respuesta sean duras medidas de represión gubernamental; que esas medidas quizás deben provenir de regímenes cuyos orígenes y métodos no resistirían la prueba sobre el concepto Americano de procedimiento democrático; y que tales regímenes y tales métodos quizás sean alternativas preferibles, y tal vez la única alternativa, a futuros éxitos comunistas”.[7]

La perspectiva marcaba una diferencia sustancial con la AIDL. Estos demócratas militantes de la Declaración de los Derechos del Hombre sostenían críticas a los dos bloques en pugna. Sin embargo, en el discurso dominante del CLC la crítica al imperialismo estadounidense fue una nota menor, que si se la ejecutó algunas veces, fue debidamente atenuada con sordina. El deslizamiento de la AIDL al CLC, o en algunos casos el compromiso simultáneo en ambos espacios, no exento de tensiones, llevó en definitiva al abandono creciente de los postulados rooseveltianos. Estos actores se vieron enfrentados a interrogantes perentorios: ¿cómo dar voz a los reclamos regionales en un escenario internacional de polarización tan excluyente que dejaba escaso espacio a terceras posiciones? ¿Cómo tramitar el pasaje de una organización a otra sin relegar o incluso abandonar programas de pensamiento y acción política en Latinoamérica que habían animado desde sus años de juventud, para darle entidad a otros más globales e indeterminados como la bandera “por la libertad”?

Este artículo se enmarca en el campo de estudios sobre la guerra fría cultural latinoamericana, en que la obra de Claudia Gilman constituye una referencia obligada. Otros trabajos como los de María Eugenia Mudrovcic, pionero en el estudio del CLC en la región, Patrick Iber, o más recientemente Benedetta Calandra, Marina Franco, y Rafael Rojas[8] han indagado asimismo la compleja coyuntura que transitaron los intelectuales de la región en los años de la guerra fría. Sin embargo, el antecedente de la AIDL, constituida en un eslabón clave para comprender por un lado el pasaje desde el progresismo antifascista y antiimperialista de las izquierdas democráticas latinoamericanas no estalinistas hacia posiciones anticomunistas sin más, y por otro el abandono en estas franjas de una línea tercerista como posibilidad fáctica de acción política, no ha sido suficientemente explorado,[9] Prestaremos pues especial atención a un sector de la intelectualidad que en ese contexto atenazador comprueba que su espacio se estrecha cada vez más y que, frente al colosal desarrollo del capitalismo en Occidente y la radicalización de la Nueva Izquierda se va a ver empujado irremisiblemente a posicionamientos incómodos o contradictorios con sus propias convicciones democráticas, a través de su intervención primero en la AIDL y luego en el CLC.

Un año clave

Después del anuncio de la Doctrina Truman, las tensiones con la Unión Soviética escalaron hasta el Bloqueo de Berlín. La situación no es más relajada en América Latina, aunque por otras razones. La preocupación esencial de los Estados Unidos hundía aquí sus raíces en las fuerzas nacionalistas y an-tinorteamericanas, que significaban un obs-táculo para sus inversiones en la región. En los hechos, esto implicó que la diplomacia americana tendió a ver una intromisión comunista en cualquier ensayo de reforma social y, lejos de defender el orden democrático, terminó por fomentar golpes de estado y apoyar dictaduras que resultaran funcionales a su hegemonía regional.[10]

En marzo de 1948 estalla la guerra civil en Costa Rica. En abril es asesinado el líder colombiano Jorge Gaitán, cuando se aprestaba, junto a un joven Fidel Castro, a denunciar la IX Conferencia Panamericana. Estallaba entonces el Bogotazo, punto de partida del ciclo llamado La Violencia. En este marco, el 30 de abril queda constituida la OEA con su Declaración Americana de los Derechos del Hombre, pero también con la de defensa y preservación de la democracia contenidas en la Carta de Bogotá. El corolario del año serán los golpes militares en el Perú y en Venezuela, seguidos del reconocimiento inmediato de los nuevos gobiernos por parte de los Estados Unidos.[11] Estos últimos eventos impactaron en los intelectuales latinoamericanos, que se vieron obligados a revisar sus posiciones sobre la injerencia del vecino del norte y actuar al mismo tiempo en contra de lo que consideraban la amenaza más inminente: los “totalitarismos” latinoamericanos.

La defensa continental de la democracia

Para diciembre de 1948, el presidente del PS uruguayo, Emilio Frugoni, miembros del Partido Nacional Independiente como Juan A. Ramírez y Eduardo Rodríguez Larreta[12] y el colorado Lorenzo Batlle Pacheco; el viejo reformista de la Unión Cívica Dardo Regules y socialistas y radicales argentinos exiliados como Alfredo Palacios, Américo Ghioldi, Nicolás Repetto, Ernesto Sanmartino y Santiago Nudelman, se reúnen en el Ateneo de Montevideo para dar forma a la Junta Americana de Defensa de la Democracia (JADD),[13] que hacía un “llamado a los pueblos de América” a fin de reclamar su adhesión contra los totalitarismos y dar “una vigorosa respuesta a las dictaduras y a sus cómplices”, refiriendo al comunismo, pero sobre todo a las “conjuraciones cuarteleras” que suspenden los derechos humanos y suprimen “el reconocimiento colectivo y calificado, previa consulta, de los regímenes de facto”,[14] lo que de hecho aludía al accionar de los Estados Unidos con los gobiernos golpistas del Perú y de Venezuela.

La JADD convocó una asamblea con la idea de “luchar, no solo por la emancipación política y los ideales democráticos, sino también por la emancipación económica” latinoamericana, propuesta fuertemente criticada desde el semanario Marcha por el ensayista político Servando Cuadro,[15] en principio por la alianza de Frugoni (con quien mantenía diferencias en el seno del PS uruguayo) con Rodríguez Larreta (a quien consideraba defensor de los intereses estadounidenses). Pero también por el consentimiento de Palacios (“que era nuestro”), cuya presencia explica por su necesidad de aliados contra el peronismo, de Betancourt (“que tendría que ser nuestro”), de Vaz Ferreira (“que podría ser nuestro”) y de Gallegos (“que acaba de ser batido por los capangas del yanquismo”).[16] Estos cuestionamientos no pasarían de una mera anécdota si no se inscribieran en lo que los propios uruguayos reivindicarán durante tres décadas como su tradición “tercerista”, independiente de los bloques en pugna. El propio Cuadro quedará como el antecedente histórico de la izquierda nacional uruguaya, cuando años más tarde Vivian Trías le dispute el liderazgo del PS a Frugoni.[17]

La JADD realizó su primera asamblea en abril de 1949 con oradores como el presidente Luis Batlle Berres (“que parecía un poco nuestro”, según la graciosa taxonomía de Cuadro), y prometió un primer encuentro que uniría a todas las fuerzas democráticas del continente.

Organizado por la JADD y por el Comité Latinoamericano de la Liga por los Derechos del Hombre, y con integrantes de la Federation of American Labor (FLA) y del Congress of Industrial Organizations (CIO), el Congreso realizado en mayo de 1950 en La Habana que dio inicio a la AIDL contó con 200 delegados y múltiples apoyos, pero sobre todo con la labor entusiasta de Rómulo Betancourt, socialdemócrata con pasado comunista que se proponía hacer de esta reunión una plataforma para el retorno al poder de Acción Democrática en Venezuela.[18] Motorizado sobre todo por Frances Grant y los exiliados políticos latinoame-ricanos,[19] el encuentro generó múltiples reacciones por los discursos que reiteraban una advertencia: el apoyo de los Estados Unidos a los totalitarismos de derecha empujaría a las masas hacia otro totalitarismo no menos temido: el comunismo. La participación de algunas figuras inscriptas en el socialismo de izquierda –como el chileno Salvador Allende, el cubano Raúl Roa o la argentina Leonilda Barrancos– favorecieron que la derecha considerase el encuentro como “un submarino ruso de gran alcance”[20] y los comunistas lo tildaran de “cónclave siniestro”.[21]

Por la libertad de la cultura

Un mes después de la consolidación de la AIDL, se reunía en Berlín el CLC con consignas similares: defensa de la democracia, la cultura y la libertad. Integrado por renombradas figuras de la cultura occidental,[22] desembarcaba en 1951 en América Latina, donde contó con el asesoramiento de nombres que resonaban del congreso habanero: Robert Alexander, Grant, Arciniegas, Schlesinger Jr., Sánchez, Palacios, Frugoni, Frei, Betancourt, Gallegos, Roa y Mañach, entre muchos otros. Con la promesa de facilitar medios (encuentros, conferencias y una ingente red de ediciones) destinados a la lucha contra los totalitarismos, convocó a intelectuales y a diplomáticos de la izquierda democrática.

Sin embargo, si desde su dirección no se practicó censura alguna, los latinoamericanos, afanosos de obtener recursos para sus propias causas, se sintieron en la necesidad de asentar su posición frente a la guerra fría, con poco margen para “tercerismos”,[23] y reforzar la bandera del anticomunismo, lo que significó tolerar que, sin matices, la diplomacia estadounidense impugnara y tildara de comunista a cualquier gobierno que planteara reformas sociales en la región. Pero si no se ponían de acuerdo con el socio del norte respecto a las semánticas del totalitarismo comunista, sí acordaron sobre cómo lidiar con las llamadas “tiranías”, es decir, gobiernos nacionalistas elegidos por el voto popular que ampliaban los derechos de las masas pero suprimían algunas libertades civiles y ponían en riesgo las inversiones norteamericanas.

Corolario

Tanto la AIDL como el CLC mantuvieron su actividad en América Latina de modo paralelo hasta que el segundo cierra sus puertas en 1972.[24] Una franja amplia de los intelectuales que participaron en la primera actuaron paralelamente en el CLC, lo que permite inferir una acción conjunta en lo que fue sin dudas un frente atlantista contra la injerencia del comunismo en el continente de ambas instituciones. Pero si la AIDL actuaba mayormente en el plano diplomático, el CLC lo hizo sobre todo en el ámbito de la cultura, aunque con límites difusos puesto que también suscribió declaraciones netamente políticas. Por ejemplo, ambas se manifestaron sobre los sucesos de 1954 en Guatemala, aunque en posiciones opuestas, y las dos coincidieron en su apoyo a la guerrilla del M-26 en Cuba. Si la AIDL orientó sus críticas a los gobiernos de los Estados Unidos cuando sostenían dictaduras militares en Latinoamérica,[25] los pronunciamientos críticos del CLC fueron siempre más matizados.[26]

Constreñidos por las lógicas de la guerra fría, la transición de la AIDL al CLC significó para los intelectuales involucrados en estas organizaciones el pasaje de una lucha política por establecer la democracia como régimen político de gobiernos soberanos en América Latina a una estrategia global enfocada en la lucha contra el comunismo, lo que dejaba sin resolver el problema de las dictaduras latinoamericanas. Las fuerzas globales que terminan por imponerse en la posguerra tienden a debilitar las tradiciones antiimperialistas de los partidos democráticos de masas. Las objeciones a la intervención estadounidense en la región en términos económicos, políticos, diplomáticos o militares, pasaron de una crítica airada a quienes llamaban a “rechazar la avalancha totalitaria que viene desde las estepas rusas mientras se hace tan poco para detener los desmanes de los totalitarismos domés-ti-cos”,[27] a un reproche matizado, que no pusiera en riesgo los recursos y los apoyos que los países de la región esperaban de los Estados Unidos, o inexistente, cuando se trataba de derrocar gobiernos nacionalistas populares, licuando en el CLC las críticas que sostenían desde la AIDL. La contradicción principal de estos demócratas fue que si criticaban el apoyo de los Estados Unidos a los golpes “preventivos” contra el “peligro comunista”, al mismo tiempo aplaudían aquellos que desplazaban a los regímenes caudillistas. Por otra parte, la estrategia de las élites locales, enfocada en convencer a los Estados Unidos de que el centro-izquierda democrático era capaz de gobernar sin desbordes comunistas ni afectar sus intereses en la región, iba a dejar la prédica antiimperialista (que en la primera mitad del siglo XX había sido un activo político e intelectual del socialismo y del aprismo) en manos del comunismo y de los movimientos terceristas vinculados a la “nueva izquierda”.

Si en los años cincuenta aquellas élites político-intelectuales pasaron un mal trago con el golpe patrocinado por la CIA en Guatemala, la situación se volvería crítica en los sesenta. La Revolución Cubana, que contó en un inicio incluso con el apoyo de la AIDL y del CLC, puso en una situación insostenible a los miembros de estas organizaciones. A algunos, el alineamiento comunista de Cuba en enero de 1962 los empujó expresamente al abandono de cualquier veleidad antiimperialista. A otros, la vergonzosa invasión a Bahía Cochinos del ’61 los impulsó a romper cualquier alianza con los Estados Unidos. De un lado quedaban Betancourt y Haya de la Torre, alineados con las fuerzas occidentales; del otro, Raúl Roa y Salvador Allende, que devendrán símbolos de la izquierda latinoamericana del siglo XX. En la estrecha franja del medio, Alfredo Palacios basculaba su apoyo a la Revolución Cubana y el rechazo al comunismo soviético.

La lógica bipolar tensionó a los tercerismos hasta reducirlos a un espacio político cada vez más acotado. “Tercerismo”, “Tercer mundo”, pasaron a ser nociones ambiguas,[28] un espacio heteróclito que se definía por la negativa, por aquello que excedía al “Primer” y al “Segundo” Mundo, polos que en definitiva dominaron la escena política e intelectual hasta fines de los ochenta. Es así que en este proceso de resemantización geopolítica, si el bloque comunista había sido eficaz en apropiarse de ideas fuerza como “Cultura” y “Paz”, el bloque capitalista lo fue con “Libertad” y “Democracia”, finalmente, ideas fuerza triunfantes en 1989. o

Bibliografía

Calandra, Benedetta, y Marina Franco, La guerra fría cultural en América Latina. Desafíos y límites para una nueva mirada de las relaciones interamericanas, Buenos Aires, Biblos, 2012.

Di Tella, Torcuato S., Repertorio político latinoamericano, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007, vol. I.

Gilman, Claudia, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en AmeŽrica Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.

Gosse, Van, Where the Boys are: Cuba, Cold War America and the Making of a New Left, Londres, Verso, 1993.

Grémion, P., Intelligence de l’anticommunisme: Le Congrès pour la liberté de la culture à Paris, 1950-1975, París, Fayard, 1995.

Iber, Patrick, Neither peace or freedom. The Cultural Cold war in Latin America, Massachusetts, Harvard, 2015.

Moniz Bandeira, Luiz, De Martí a Fidel. La Revolución Cubana y América Latina, Buenos Aires, Norma, 2008.

Mudrovcic, M. E., Mundo Nuevo: Cultura y guerra friŽa en la deŽcada del 60, Rosario, Beatriz Viterbo, 1997.

Rojas, Rafael, La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra fría, Barcelona, Taurus, 2018.

Traverso, Enzo, El totalitarismo. Historia de un debate, Buenos Aires, Eudeba, 2001.

 

[1] El término surge en el antagonismo irreductible entre comunismo y fascismo entre las décadas del ’20 y ’30, inscripto en el contexto de lo que se dio en llamar “guerra civil europea”. Cf. Enzo Traverso, El totalitarismo. Historia de un debate, Buenos Aires, Eudeba, 2001, sobre todo pp. 83-95.

 

[2] Para una definición de la categoría, cf. Torcuato S. Di Tella, Repertorio político latinoamericano, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007, vol. I, pp. 594-600.

 

[3] Rómulo Betancourt, “Prefacio” a Conferencia Interamericana Pro Democracia y Libertad. Resoluciones y otros documentos, La Habana, Talleres tipográficos Alfa, 1950, p. 8.

 

[4] Ibid.

 

[5] La AIDL fue impulsada desde los Estados Unidos por la Americans for Democratic Action, opuesta a la Progressive Citizens of America, dos instituciones creadas al fallecer Roosevelt que disputaron su legado dentro del Partido Demócrata. A diferencia de la ADA, la PCA alentaba la alianza con los comunistas. John Gates, The Story of an American Communist, Nueva York, Thomas Nelson & Sons, 1958.

 

[6] Según Van Gosse, la AIDL fue muy activa en las campañas por el caso Galíndez en República Dominicana, por la legalidad de Acción Democrática en Venezuela y contra la dictadura de Batista en Cuba. Cf. Where the Boys are: Cuba, Cold War America and the Making of a New Left, Londres, Verso, 1993, pp. 77-78.

 

[7] George F. Kennan, “Memorandum by the Councelor of the Department to the Secretary of State”, en Foreign Relations of the United States, 1950. The United Nations: The Western Hemisphere, Washington, US Govern--ment Printing Office, 1976, vol. II, pp. 598-624 (mi traducción).

 

[8] Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en AmeŽrica Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003; María E. Mudrovcic, Mundo Nuevo: Cultura y guerra friŽa en la deŽcada del 60, Rosario, Beatriz Viterbo, 1997; Patrick Iber, Neither peace or freedom. The Cultural Cold war in Latin America, Massachusetts, Harvard, 2015; Benedetta Calandra y Marina Franco, La guerra fría cultural en América Latina. Desafíos y límites para una nueva mirada de las relaciones interamericanas, Buenos Aires, Biblos, 2012; Rafael Rojas, La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra fría, Barcelona, Taurus, 2018.

 

[9] Iber señala a la AIDL como una experiencia previa al CLC, pero no se detiene en ella más que como un antecedente de los intentos de organización de la izquierda anticomunista latinoamericana, en Neither peace, pp. 96-98.

 

[10] Luiz Moniz Bandeira, De Martí a Fidel. La Revolución Cubana y América Latina, Buenos Aires, Norma, 2008, pp. 103-106.

 

[11] La resolución de la Carta de Bogotá (1948), que manifestaba “es deseable la continuidad de las relaciones diplomáticas entre los Estados de América”, fue convenientemente interpretada por los Estados Unidos como un principio de reconocimiento automático.

 

[12] Autor de la “Doctrina Larreta” creada en 1945 en medio de las tensiones entre los Estados Unidos y la Argentina, postulaba la intervención en los asuntos internos de los países que no adhirieran a los principios de democracia y defensa hemisférica.

 

[13] Constituida además por los uruguayos Gustavo Gallinal, Juan F. Guichon y Pedro Reyes Espinosa, el venezolano César Rondón Lovera y los argentinos Silvano Santander y Luciano Molinas.

 

[14] “El Comité Pro Defensa de la Democracia, hace un llamado a los pueblos de América”, El Bien Público, nº 21776, 28/12/1948, p. 3.

 

[15] Cuadro desarrolló ideas sobre una Federación Hispanoamericana para luchar contra la “balcanización y el divisionismo hispanoamericano que el imperialismo fomentó”. Aunque criticó a los dos bloques, consideraba a la Unión Soviética como la “colectividad más viviente y prometedora”, lo que en términos de la época lo convertía en defensista.

 

[16] Cf. Servando Cuadro, “Los trabajos y los días”, Marcha, nº 462, 473 y 475, Montevideo, 14/1/1949, 8/4/1949 y 29/4/1949, pp. 4, 7.

 

[17] Cf. Alberto Methol Ferré, La crisis del Uruguay y el imperio británico, Buenos Aires, A. Peña Lillo, 1959.

 

[18] Manuel Caballero señala además que su propósito era dejar en claro a los Estados Unidos que no tenía simpatía alguna con el comunismo. Cf. Rómulo Betancourt. Político de nación, Caracas, FCE/Alfadil, 2004, pp. 277-288.

 

[19] De hecho, desde la derecha venezolana se identificó el encuentro como una “conferencia de exiliados políticos”. “Memorandum confidencial”, en ibid., p. 324.

 

[20] “Comunicación de la Embajada de Venezuela en Cuba para el Ministro de Relaciones Exteriores”, en ibid, p. 339.

 

[21] “Carta de Jaime Posada a Los Ministros de Gobierno y de Relaciones Exteriores [de Colombia]”, en Rómulo Betancourt, Margarita López Maya (selec.), Antología Política. Volumen quinto, 1948-1952, Caracas, Fundación Rómulo Betancourt, 2003, pp. 359-367.

 

[22] Como los de Bertrand Russell, Herbert Read o André Gide. Cf. Pierre Grémion, Intelligence de l’antico-mmunisme: Le Congrès pour la liberté de la culture à Paris, 1950-1975, París, Fayard, 1995, pp. 15-51.

 

[23] Los debates sobre el tercerismo tuvieron particular desarrollo en el Uruguay. Cf. Carlos Real de Azúa, Tercera posición, nacionalismo revolucionario y Tercer Mundo (3 vols.), Montevideo, Cámara de Representantes del Uruguay, 1997.

 

[24] La AIDL funcionó hasta 1983. Aunque se establecieron dos sedes, Montevideo y Nueva York, la primera se desmembró y Emilio Frugoni pasó a dirigir la sede rioplatense del CLC.

 

[25] Sobre todo con gobiernos republicanos como los de Eisenhower, por ejemplo cuando en 1954 se le entregó un reconocimiento al dictador Pérez Jiménez en Caracas en el contexto de la X Conferencia Panamericana.

 

[26] Quizá la más resonante fue la declaración contra el gobierno de Jacobo Arbenz para justificar la intervención. Aunque se firmó, las resistencias de los latinoamericanos obligaron a incluir una crítica a la injerencia de los intereses de la United Fruit en Guatemala. Patrick Iber, Neither peace, pp. 100-101.

 

[27] Rómulo Betancourt. Pensamiento y acción, México, Beatriz de Silva, 1951, pp. 241-251.

 

[28] Para una crítica de la polisemia del término, cf. Juan José Sebreli, Tercer mundo, mito burgués, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1975.