Centro de Historia Intelectual, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Quilmes

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 Obituarios

Michel Vovelle

(1933-2018)

 

Treinta minutos. Tan solo ese lapso bastó para que el sortilegio de Ernest Labrousse –el gran promotor junto a Fernand Braudel de la renovación historiográfica francesa de la segunda posguerra– se apoderase de un joven normalien de Saint-Cloud y lo persuadiese de que la Comuna de París ya no podía ser su objeto de investigación: otro estudiante, Jacques Rougerie, se le había adelantado. Concluida esa breve reunión en una vieja e intimidante Sorbona, allá por junio de 1954, este afable provinciano de 21 años, oriundo de la comuna de Gallardon en Eure-et-Loir (Centre-Val de Loire), partió munido con un plan completamente nuevo para su diplôme d’études supérieures: las estructuras sociales de Chartres a fines del siglo XVIII, es decir, un objeto cuyo epicentro no sería sino la capital de su propia región, donde vivía con sus padres desde 1938. “Con el bello tema que le propongo, participará del gran fresco de historia social que estamos preparando”: tal era la invitación del discreto mentor gauchiste al que todos los jóvenes historiadores marxistas de aquel entonces acudían en busca de consejo. Así, en aquella ínfima media hora de conversación, Michel Vovelle sentó un jalón inaugural que, con el tiempo, lo convertiría en uno de los historiadores dix-huitiémistes más importantes del próximo medio siglo. En efecto, pese a que sus primeros trabajos portaban una traza de historia socio-económica y cuantitativa “más labroussiana que braudeliana”, no tardará en valerse de esos métodos para indagar otro tipo de problemáticas: una historia regional de las sensibilidades colectivas, las creencias religiosas o las representaciones de la muerte, cuestiones que, por entonces, parecían reñidas con el famoso credo cuantitativo de “contar, medir y pesar” y mucho más contiguas de la psicología histórica de un Robert Mandrou. Aquel no sería sino un primitivo gesto de ruptura de los tantos que, paulatinamente, lo irían perfilando como un historiador innovador. Empero, tras una audaz hibridación de objetos sociales y antropológicos, estadísticos y microhistóricos, políticos e iconográficos, sometidos a las variables de una longue durée no inmóvil o del tiempo corto, o bien leídos a la luz de un marxismo muy particular o de la historia de las mentalidades, Vovelle seguirá cultivando un perfil tradicional y “positivista” del oficio, tal como él mismo se ha definido. Este juego de contrastes no solo regirá y dará legitimidad a sus investigaciones y a las infatigables batallas historiográficas que mantuvo con muchos de sus colegas, sino también a una perdurable cultura política –se afilió al Partido Comunista Francés (PCF) en 1956 en pleno éxodo de camaradas– que intentó mantener a buen resguardo de la ortodoxia y todo lo lejos que pudo de cualquier filtración en sus investigaciones científicas. Y, en este sentido, el legado familiar no había sido menor: sus padres, Gaëtan y Lucienne Vovelle, ambos normaliens, directores de escuela pública y militantes sindicalistas de izquierda, habían sido pioneros del movimiento Freinet, basado en el fomento de una pedagogía libre y popular según la cual los niños (incluido, desde luego, el pequeño Michel Luc) debían convertirse en los únicos “autores” de su aprendizaje. De allí, por cierto, que el ámbito educativo siempre haya sido para nuestro historiador una auténtica usina donde y a partir de la cual atizar una carrera y un cometido emancipador: fue en la universidad donde investigó, construyó una visibilidad académica a nivel local, nacional e internacional, practicó una vida sindical activa, promovió la creación o la renovación de publicaciones e institutos de investigación, organizó reuniones científicas de vanguardia, formó nuevos historiadores y, sobre todo, intervino públicamente en defensa de una interpretación social y “jacobina” de la Revolución Francesa con la cual su nombre ha quedado definitivamente asociado. Y todo ello respaldado por un asombroso compás de producción que no ha cesado desde que, en junio de 1955, un año después de aquella primera entrevista con Labrousse, le presentase en dos gruesos volúmenes su mémoire sobre la región de Beauce en el siglo XVIII. Tras su fallecimiento a los 85 años, ocurrido el 6 de octubre de 2018 en Aix-en-Provence, Michel Vovelle nos ha dejado una obra cuyo mero recuento es ya, por sí mismo, todo un reto: sin enumerar las reediciones y las múltiples traducciones a varias lenguas (entre las cuales, cabe recordar, ni el castellano ni el inglés se destacan por su profusión), se cuentan más de treinta títulos de su autoría y alrededor de cuarenta en colaboración, más de veinte obras como editor científico, cientos de prefacios, artículos académicos y de prensa junto a un sinnúmero de intervenciones en diferentes medios audiovisuales. Ante semejante derrotero y salvo que algún historiador temerario ose desterrar las reglas de la buena erudición, no cabe duda de que una seria y exhaustiva biografía de Michel Vovelle debería verse necesariamente demorada.

Por lo pronto y atendiendo a la geografía de su trayectoria profesional, se podría arriesgar un primer intento de periodización mediante tres grandes etapas. La primera respondería a las dos décadas de trabajo en la Facultad de Letras de la Universidad de Aix-en-Provence (hoy Aix-Marseille) donde comenzó como asistente en 1961 y, tras defender en 1971 su tesis de doctorado en la Université Lumière-Lyon-II ante un jurado compuesto, entre otros, por Pierre Chaunu y Maurice Agulhon, irá ascendiendo en el escalafón académico hasta convertirse en profesor titular de Historia moderna entre 1976 y 1983. La segunda etapa comienza con su partida de una sosegada Provenza con rumbo a París, donde, tras la muerte de Albert Soboul, asume en 1983 la dirección del Institut d’histoire de la Révolution française y la célebre cátedra “Historia de la Revolución Francesa”, aquella que había comenzado un siglo antes como curso municipal y que en 1891 pasó a formar parte de la Sorbona. Se trata de un período especialmente agitado a raíz de su designación, ya desde principios de los años 1980, como supervisor científico de la Commission de recherche historique en torno de las polémicas celebraciones que tendrían lugar durante el Bicentenario de la Revolución Francesa. Esta elección, realizada directamente por el ministro de Investigación del flamante gobierno de François Mitterrand –con las suspicacias que suele despertar este tipo de nombramiento oficial en la comunidad académica, sobre todo en aquellos que no son convocados–, lo tendrá en el ojo de la tormenta pública a lo largo de todos estos años. En esta coyuntura, el momento político no podía ser más adverso. El advenimiento del “fin de la historia”, la inminente crisis de la Unión Soviética y los cambios internos del gobierno francés cuya “cohabitación” supuso una turbulenta convivencia de la izquierda con la derecha, todo contribuía a demonizar la imagen de Vovelle quien, en definitiva, asumió en soledad varios costos, entre los cuales no ha sido el menor tener como adversario a François Furet, quien, desde hacía largo tiempo, se había convertido en el brillante portavoz “revisionista” de la Revolución Francesa y había sido ungido por buena parte de los medios de comunicación (sobre todo por Le Nouvel Observateur) como la contraparte científica y académica de un evento sospechoso como el Bicentenario (y no menos fastuoso) que, a su entender, solo buscaba propagar el idílico mito de una revolución que, en realidad, “había terminado”. Más allá de este verdadero Historikerstreit francés, como lo ha calificado Steven Kaplan, lo cierto es que tan solo recordar a la soprano afroamericana Jessye Norman envuelta en la bandera tricolor junto al obelisco de la Concorde entonando La Marsellesa para 600 millones de espectadores a la manera de un Lied de Richard Strauss (y no de un canto popular) nos da la medida del emblema que, a fin de cuentas, definía la celebración: estilizar al máximo la “imagen” de la Revolución en el mundo. En todo caso, que un historiador ateo y no parisino como Vovelle, orgulloso de su afiliación al PCF, que se asumía heredero de Jean Jaurès y “revolucionario de larga duración” a quien se le imputaba ser uno de los adalides de una vulgata leninista y jacobina, se convirtiese en Monsieur le Bicentennaire, generó polémicas realmente exasperadas. Para el historiador François Crouzet, por ejemplo, Vovelle no era más que “el hijo de un maestro de pueblo, el desvergonzado apologista de la violencia revolucionaria y un tartufiano manipulador, el ayatollah del Bicentenario”, cuyo único objetivo era denigrar a valiosos historiadores como Pierre Chaunu (junto a un amplio grupo de tradición maurrasiana y excomunistas) quien, cabe recordar, aprovechó el contexto abierto por el “revisionismo” liberal para exhumar el episodio de la brutal represión de católicos en La Vendée y defender el credo contrarrevolucionario mediante una posición tan extrema que, ante ella, hasta el mismo Furet se vio obligado a diferenciarse públicamente. Tales fueron las tres posibilidades discursivas que circularon sobre la Revolución en aquel momento: revivirla, soterrarla, o asumirla. En todo caso, al cometido gubernamental Vovelle debió sumar no solo una larga peregrinación previa que lo condujo, literalmente, por todo el mundo (incluida la Argentina) como “misionero patriota” en aras de universalizar el acontecimiento, sino también la organización de un congreso internacional en julio de 1989 cuyas 300 comunicaciones se publicaron en cuatro volúmenes bajo su dirección con el título L’Image de la Révolution française. Tras jubilarse en 1993, asistimos al período del último Vovelle en que regresa, sin mayor dilación y ciertamente exhausto, a la tranquilidad de su casa en Aix-en-Provence junto a su esposa desde 1971, la geógrafa Monique Rebotier, y recibe varios reconocimientos académicos, nacionales e internacionales.

Ahora bien, si a esta compleja cartografía superponemos un segundo criterio, basado en una franja de su producción, advertiremos que será durante aquella primera etapa cuando publique sus trabajos medulares, es decir, los que ostentan una sólida base documental junto a un nuevo tipo de hermenéutica. En este sentido, conviene tener presente que la obra de Michel Vovelle se ha caracterizado por una profunda cadencia. Cubiertas bajo el velo de la historia social, tres han sido las grandes zonas históricas que ha privilegiado: las representaciones de la muerte, las mentalidades colectivas y, desde luego, la Revolución Francesa. Sin embargo, ninguna de ellas constituyó una zona epistemológica plenamente definida sin la presencia de las demás. En realidad, deberíamos imaginarlas como presas de un piélago en flujo constante que solo se aquietaba cuando el autor decidía singlar una intersección muy concreta de sus variables técnicas y para las cuales la estadística, la cartografía y las imágenes han representado un herramental decisivo. Tres zonas, en suma, que coinciden con las disputas historiográficas más relevantes que Vovelle mantuvo con sus colegas, es decir, respectivamente, con Philippe Ariès, Roger Chartier y François Furet: si su objetivo consistía en darle identidad a esos mares sacudidos y apartados de la costa, nada resultaba más natural que construir soberanía teórica en el núcleo mismo de aquella tierra distante. Y allí se dirigirá. Recordemos que el Vovelle discípulo de Labrousse era ya un historiador social de la Provenza que indagaba las divergencias entre los mundos urbano y rural en el siglo XVIII a partir de un distingo entre duración y momento revolucionario, entre las condiciones objetivas de la estructura económica y la dinámica de las actitudes sociales, a través de fuentes demográficas, notariales y fiscales. Un tipo de investigación que permaneció dispersa en actas de congresos y remotos boletines regionales hasta que, en 1980, decidió publicarla como Ville et campagne au XVIIIe siècle. Chartres et la Beauce en las Éditions sociales, el principal órgano editorial del PCF. De aquel primer esbozo serial y cartográfico, aislará los comportamientos colectivos para reconstruir las actitudes ante la muerte, pero sumándole ahora el recurso iconográfico. Se trata de una década en que la investigación histórica y la tragedia personal pactarían una cruel simetría: en 1970 publica los resultados en un pequeño trabajo precursor, escrito en colaboración con su primera esposa, Gaby Vovelle, quien, tras una ingrata enfermedad, moriría antes de ver la obra publicada: Vision de la mort et de l’au-delà en Provence du XVe au XXe siecle d’après les autels des âmes du purgatoire. Allí, ambos bosquejaron una evolución de las visiones sobre la muerte en los altares que, partiendo de imágenes bajomedievales compuestas por áni--mas empantanadas en lagos llameantes o deambulando por mazmorras sin techo, lentamente, son reemplazadas, a partir de la Contrarreforma, por una representación del purgatorio que se extendería hasta la Gran Guerra cuando “las pobres almas sufrientes sean destronadas por el impacto de la hecatombe colectiva”. La muerte también ocupará un lu--gar central en su tesis doctoral y temprana obra maestra de 1973, Pie´te´ baroque et de´christianisation en Provence au XVIIIe sie`cle, la cual fue recibida como una pieza ejemplar de “historia religiosa serial”, pero con parco beneplácito por parte de Soboul, quien le había dicho que “jamás me hubiera permitido someter al análisis cuantitativo un fenómeno del orden de la fe”. Tras analizar más de 20.000 testamentos (un tipo de fuente por entonces habitual entre los juristas, pero no entre los historiadores), Vovelle demuestra que en el siglo de las Luces comienza a desmoronarse la sociedad estamental a juzgar por la nueva visión de la muerte observable en la mengua que sufre la pompa barroca de los funerales: los difuntos prescriben sus últimas voluntades en cláusulas más individuales y sencillas cuya variación se observa no solo de una región a otra, sino también, por ejemplo, en el peso de las velas que debían ser encendidas en el entierro o en la cantidad de veces que se invocaba a la Virgen. Tal es así que la descristianización en la Provenza no sería un producto de la Revolución Francesa, sino un largo proceso que había comenzado a principios del siglo XVIII. Por otro lado, también durante esta etapa, Vovelle explorará una suerte de microhistoria con L’Irrésistible ascension de Joseph Sec, bourgeois d’Aix (1975) celebrada por Maurice Agulhon como una “obra maestra de la erudición”, profundizará el análisis de la descristianización en 1976 con Religion et Révolution. La déchristianisation de l’an II, indagará ese mismo año Les Métamorphoses de la fête en Provence de 1750 à 1820 –que coincidirá con la publicación del gran clásico de Mona Ozouf, La Fête révolutionnaire, 1789-1799. A principios de los años 1980, Vovelle asentará una reflexividad metodológica de conjunto rehabilitando el valor cualitativo de las fuentes literarias e iconográficas y desmitificando la “embriaguez” que las estadísticas habían suscitado en otra época, algo que se percibe claramente en De la cave au grenier. De l’histoire sociale à l’histoire des mentalités, lanzado en 1980 por una editorial canadiense y en Ideologías y mentalidades, publicado en 1982. Un año después aparece La Mort et l’Occident de 1300 à nos jours, su segunda gran obra que, inserta en la larga duración multisecular en tanto síntesis de casi todos sus sondeos anteriores, funciona también como respuesta a los métodos “impresionistas” de Philippe Ariès quien, con el tiempo, terminó imponiéndose como el exponente clásico de los estudios sobre la muerte. Allí, la discusión que subyace es, esencialmente, metodológica: mientras Ariès cernía lo cultural a la autonomía del inconsciente colectivo, para Vovelle este tipo de dinamismo era como “caminar sobre colchones de aire” por cuanto no era posible separar el estudio de las mentalidades de las condiciones impuestas por las estructuras socio-económicas y demográficas. Un debate que, no obstante, siempre fue amical y nunca puso en peligro una admiración recíproca, tal como quedó reflejada en 1984 con la nota necrológica que Vovelle publicó en el diario Le Monde al fallecer Ariès. En cuanto a la idea de “mentalidades”, Vovelle la inscribe en el ámbito mayor de la ideología y como resultado y punto final de una historia social: “el estudio de las meditaciones y de la relación dialéctica entre las condiciones objetivas de la vida de los hombres y la manera en que la cuentan y aun en que la viven”. Tras recuperar lo pionero de su trabajo, lo que ha criticado Roger Chartier de este uso del concepto es, por un lado, la presencia de arriesgadas totalidades sociales que no hacen más que enmascarar las diferentes capas de sentido y las representaciones que cada una construye de sí y, por otro, en aplicar el método cuantitativo a correlaciones sociales y culturales que reducen los grados de complejidad de las mentalidades de las que intenta dar cuenta.

Durante su convulsa época parisina, Vovelle buscará expandir las innovaciones metodológicas ya realizadas a escala regional, mediante grandes historias de carácter general: tal el caso de la monumental obra en cinco volúmenes de 1986, La Révolution française. Images et récit, 1789-1799 que, de algún modo, retoma un registro de análisis iconográfico ya indagado desde fines de los años 1960. Por otro lado, durante esta etapa también se sumerge con La mentalidad revolucionaria (1985) en una línea interpretativa cuyos primeros esbozos ya estaban presentes en su trabajo de 1972, La caída de la monarquía, 1787-1792 y en Introducción a la historia de la Revolución Francesa (cuya primera edición se publicó en italiano en 1979). En este sentido, recordemos que, para Michel Vovelle (en continuidad con la tradición historiográfica de Georges Lefebvre), la Revolución Francesa tuvo un claro carácter burgués y ha supuesto una ruptura radical con el pasado feudal del Antiguo Régimen, cuyo enfrentamiento de clase entre la nobleza y la burguesía junto al campesinado establece un esquema que remite a la transición del feudalismo al capitalismo. Frente a las tres revoluciones autónomas del verano de 1789 que describen Furet y Denis Richet en su obra de 1965 (y que, a decir verdad, retoman en este aspecto, paradójicamente, como ha recordado Le Roy Ladurie, una vieja tesis de Lefebvre), Vovelle adscribe a la hipótesis de Soboul, quien asume que el proceso revolucionario conforma una unidad que, sin ser monolítica, se articuló a varios niveles sociales y territoriales. Por otro lado, allí donde Furet ha visto una nueva cultura política, encarnada en una comunidad unificada de intereses por la élite ilustrada, Vovelle, por el contrario, no encuentra en ella ni un programa político común ni un carácter verdaderamente revolucionario. En suma, allí donde Furet detecta una continuidad tocquevilliana y una revolución política, Vovelle defiende un tipo de ruptura anclada en la más clásica tradición lefebvriana y una revolución social burguesa. Y, desde luego, no considera que el Terror bajo la República jacobina haya sido el incipiente estallido totalitario de una dictadura que, más tarde, habría originado los gulags: su artículo de 2009 en L’Humanité, “Pourquoi je suis robespierriste?”, resume su vocación de polemista y una perspectiva sobre la Revolución que seguía vigente tras años de conflictos.

En el último periodo, a partir de 1995, Vovelle seguirá escribiendo sin ningún sobresalto, pero a través de un sincretismo con el cual regresa a viejos objetos, por ejemplo, con Les Âmes du purgatoire ou le travail du deuil (1996), actualiza otros con La Découverte de la politique. Géopolitique de la Révolution française (1992) o Les Sans-culottes marseillais (2009), pero, sobre todo, efectúa un balance historiográfico con un título muy lefe-bvriano, Combats pour la Revolution fran---çaise (1993), o bien evoca sus épocas más álgidas de disputa intelectual dando respuesta a sus principales críticos en La Bataille du bicentenaire de la Révolution française (2017). Su derrotero culmina, después de seis décadas de publicaciones ininterrumpidas (y de las que hemos excluido varios trabajos junto a prácticamente todas sus intervenciones como colaborador o director de ingentes obras colectivas) con Mémoires vives ou perdues. Essai sur l’Histoire et le souvenir, publicado ocho meses antes de su muerte. Como si se tratase de un espectro que no dejaba de perseguirlo, allí se hace eco, una vez más, de la celebérrima frase que pronunció Furet y que convierte en pregunta: “¿Ha terminado la revolución?”. Frente a ella, se responde: “es un slogan banal, un simple atajo para abolir definitivamente la idea de revolución y llevarla al rango de las ilusiones maléficas”. Queda en manos del lector detectar en el gran historiador que fue Michel Vovelle si es posible vulnerar esa interferencia entre memoria e historia.

 

Andrés G. Freijomil

Universidad Nacional
de General Sarmiento